Muñeca para adultos con IA reabre debate ético sobre soledad y tecnología La Consumer Electronics Show (CES) 2026 volvió a confirmar su papel como escaparate de innovaciones disruptivas, pero también como espacio de controversia. Entre robots domésticos y objetos conectados inusuales, uno de los productos que más discusión ha generado es Emily, una muñeca con inteligencia artificial presentada por la empresa Lovense, especializada en juguetes sexuales inteligentes. La compañía la promueve como una respuesta tecnológica a la soledad, aunque su llegada ha reavivado cuestionamientos sociales, éticos y culturales. Emily es una muñeca de tamaño natural fabricada con silicona de apariencia realista, equipada con un esqueleto articulado y movimientos faciales limitados, incluida la boca para simular el habla. Su principal distintivo es la integración de inteligencia artificial conversacional, que le permite interactuar con el usuario, recordar información y modificar su “personalidad” para adaptarse a distintas preferencias. Según Lovense, el producto está pensado como una conexión emocional, una compañera cotidiana y un espacio seguro para la exploración personal. La polémica se ha centrado en la dualidad del dispositivo: por un lado, se presenta como una herramienta para combatir el aislamiento; por otro, se le señala como un factor que podría profundizarlo. Críticos advierten que este tipo de tecnología puede sustituir la interacción humana por una relación sin fricciones, sin negociación ni conflicto, lo que empobrece el desarrollo social y emocional. A ello se suma el debate sobre la objetivación de la mujer, al reproducir estándares estéticos irreales y roles pasivos diseñados para satisfacer sin cuestionar. Otro punto sensible es el uso de inteligencia artificial para simular emociones y personalidad, lo que para algunos analistas refuerza visiones misóginas al tratar rasgos humanos como funciones programables y comercializables. También existe preocupación por la posible desensibilización frente a la violencia de género, especialmente en un mercado donde algunos productos han sido cuestionados por permitir simulaciones sin consentimiento o con rasgos problemáticos. Finalmente, la memoria persistente de Emily abre un frente adicional: la privacidad. Al almacenar y aprender de conversaciones íntimas, el dispositivo plantea dudas sobre el manejo, la seguridad y el acceso a esos datos. Más allá del impacto comercial del producto, su presentación en la CES 2026 deja claro que la convergencia entre inteligencia artificial, intimidad y consumo sigue avanzando más rápido que el consenso social sobre sus límites.
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