Nothing But Thieves regresa a México con show en 2026

Nothing But Thieves se ha ganado un lugar especial en el rock alternativo contemporáneo no por seguir fórmulas, sino por romperlas. En una escena donde muchas bandas se diluyen en el algoritmo, el grupo británico ha logrado lo contrario: construir identidad. Sus canciones no sólo se escuchan, se sienten; funcionan como un golpe de energía cuando el mundo pesa demasiado, o como una confesión cuando el ruido interno ya no cabe en el pecho.

Ahora, esa energía aterriza de nuevo en México con un concierto que apunta a ser uno de los más esperados por el público que ama el rock emocional, contundente y sin poses.

El show está programado para el 31 de marzo de 2026 en el Pabellón Oeste del Palacio de los Deportes, en la Ciudad de México, un recinto que se presta perfecto para el tipo de experiencia que Nothing But Thieves sabe construir: cercanía, sudor, gritos compartidos y una sensación de comunidad que se arma canción por canción.


De banda promesa a fenómeno global: cómo llegaron hasta aquí

Nothing But Thieves nació en Inglaterra, pero su historia se cuenta en un idioma universal: el de la intensidad. Desde su primer álbum homónimo (Nothing But Thieves, 2015), la banda mostró una capacidad particular para combinar melodías accesibles con una base rockera firme, sin caer en lo genérico. Ahí están temas que funcionan como carta de presentación: canciones que no se limitan a sonar bien, sino que abren la puerta a un estilo emocionalmente frontal.

Pero el punto de quiebre para muchos fans llegó con Broken Machine (2017), un disco que no sólo consolidó su sonido, sino que lo volvió más grande. Este álbum es, para una parte enorme de su audiencia, el corazón de Nothing But Thieves: un trabajo lleno de potencia, pero también de una vulnerabilidad que no se siente calculada. Aquí la banda afila el filo: se escuchan más seguros, más ambiciosos y más peligrosos en el mejor sentido.

Luego vino Moral Panic (2020), un álbum marcado por la tensión social y el cansancio colectivo. No es un disco “de protesta” en el sentido clásico, pero sí captura el nervio de un mundo saturado: ansiedad, rabia, desconexión, paranoia. Es un material que suena como una ciudad en hora pico: todo se mueve, todo aprieta, todo está a punto de explotar.

Y cuando parecía que ya habían encontrado su zona cómoda, la banda se fue hacia otro lado con Dead Club City (2023), un álbum conceptual que expande su identidad hacia algo más cinematográfico. No es sólo una colección de canciones: es un universo. Un lugar imaginario donde la fiesta y el vacío conviven, donde la estética se vuelve parte del mensaje, y donde el sonido incorpora capas electrónicas sin abandonar el músculo rockero.

Ese salto creativo es importante porque demuestra algo: Nothing But Thieves no está intentando “repetir el éxito”. Está intentando evolucionar, aunque eso implique incomodar a quienes querían que se quedaran en un solo estilo.


¿Por qué este concierto en México importa tanto?

México se ha convertido en un país clave para las giras internacionales, sí, pero hay algo particular con Nothing But Thieves: aquí tienen un público que conecta con su propuesta desde el lugar correcto. No sólo por la música, sino por lo que representa.

Sus conciertos suelen ser intensos porque su catálogo está hecho para eso: para ser cantado a gritos, para ser llorado con rabia, para soltar algo que uno no sabe cómo decir en palabras normales. En vivo, la banda no suena “bonita”. Suena real. Y esa es la diferencia.

El Pabellón Oeste además permite algo esencial: un show grande, pero todavía con cierta cercanía. No es una experiencia fría de estadio. Es un espacio donde la energía rebota, donde el coro del público se vuelve parte del sonido y donde la noche se siente como un evento, no como un trámite.


El setlist soñado: himnos de todas sus eras

Aunque el setlist final depende de la gira, hay algo casi seguro: Nothing But Thieves no tiene un catálogo que se pueda resumir en “dos éxitos”. Tienen varias etapas y cada una tiene canciones que el público considera indispensables.

Lo lógico sería esperar un recorrido que mezcle:

  • Clásicos de impacto inmediato, de esos que prenden la sala en segundos.
  • Canciones emocionales, donde el público canta más fuerte que la banda.
  • Momentos recientes de Dead Club City, que funcionan como picos de energía y atmósfera.
  • Un cierre explosivo, porque esta banda no sabe terminar suave.

Parte del encanto es precisamente ese: su discografía permite pasar del golpe al abrazo sin sentirse incoherente. Puedes estar saltando un minuto y al siguiente quedarte quieto, con la garganta cerrada, porque una letra te pegó más de lo esperado.


La voz de Conor Mason: el arma secreta del show

Si hay algo que define a Nothing But Thieves en vivo, es la voz de Conor Mason. No sólo por rango o técnica, sino por intención. Conor canta como si cada canción le costara algo. Y esa sensación de entrega es lo que convierte sus shows en algo más que un concierto.

En un género donde muchas bandas se apoyan en producción o efectos, Nothing But Thieves se apoya en presencia. Y cuando una banda tiene presencia, el público lo nota de inmediato: no estás viendo una “interpretación”, estás viendo a alguien atravesar algo en tiempo real.

Eso, combinado con una banda sólida y bien ensamblada, hace que el concierto se sienta como un golpe continuo: batería precisa, guitarras que alternan entre lo atmosférico y lo agresivo, y una construcción de tensión que siempre va hacia arriba.


México y Nothing But Thieves: una relación que sigue creciendo

El regreso de la banda también confirma algo importante: México ya no es un “extra” en las giras, es una parada esencial. Y para el público mexicano, este tipo de conciertos son una especie de recompensa emocional: un espacio donde la gente se permite sentir sin filtro.

Nothing But Thieves encaja perfecto con eso porque su música es intensa, pero no pretenciosa. Es compleja, pero no inaccesible. Es oscura, pero no vacía. Y sobre todo: tiene esa mezcla rara de fuerza y fragilidad que pocas bandas logran sostener sin caer en lo melodramático.


Lo que queda claro: será una noche para cantar con el pecho abierto

Nothing But Thieves no es una banda que se disfruta “de fondo”. Es una banda que te exige presencia. Te obliga a escuchar. Te empuja a cantar. Y cuando estás en el mismo lugar que cientos o miles de personas haciendo lo mismo, la experiencia cambia: la música se vuelve algo físico.

El concierto del 31 de marzo de 2026 no será sólo un evento más en la agenda. Para muchos fans será el tipo de noche que se recuerda como se recuerdan las cosas importantes: con el cuerpo cansado, la voz rota y el corazón raro… pero satisfecho.

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