Una batalla tras otra: la política hecha espectáculo


El regreso de un director inquieto

Cada vez que Paul Thomas Anderson estrena película, el cine parece detenerse a observar. Con Una batalla tras otra, el director californiano vuelve a sacudir el panorama, pero esta vez lo hace desde un terreno inesperado: un relato de acción con tintes satíricos y un trasfondo profundamente político. Después de obras como There Will Be Blood o Licorice Pizza, nadie esperaba que Anderson abrazara el género de la acción con tanta fuerza, y sin embargo, aquí lo hace con absoluta convicción, probando que la autoría no está reñida con la adrenalina.

El proyecto ya había generado expectación desde su anuncio: era la primera vez que Anderson trabajaría con Leonardo DiCaprio, y se hablaba de un guion inspirado libremente en la novela Vineland de Thomas Pynchon. El resultado final, sin embargo, no es una adaptación literal, sino una reinterpretación que convierte la sátira literaria en cine de choque, donde los diálogos filosos y las persecuciones coexisten en un mismo espacio.


Una historia de heridas abiertas

La trama sigue a Bob Ferguson, un exrevolucionario que ha envejecido atrapado en la nostalgia de un pasado glorioso que ya no existe. Bob vive en una suerte de limbo ideológico: desilusionado de la lucha, alejado de su hija y marcado por una rivalidad política que jamás terminó. Cuando reaparece su viejo enemigo, el Coronel Lockjaw, con una agenda que amenaza con reabrir viejas cicatrices, Bob debe lanzarse a una odisea que lo lleva a confrontar no solo a un adversario, sino a los fantasmas de su propia traición.

La búsqueda de su hija secuestrada se convierte en el eje narrativo, pero lo que realmente se disputa en la película es algo más profundo: la idea de qué significa resistir, de qué sirve una revolución cuando el tiempo lo ha devorado todo, y qué queda de quienes un día lo apostaron todo por una causa. La figura de la hija, interpretada por Chase Infiniti, es el recordatorio de lo que está en juego: el futuro de una generación atrapada entre el desencanto de sus padres y la violencia de los sistemas que los gobiernan.


Entre sátira y pólvora

El estilo de Una batalla tras otra combina registros que en manos menos firmes podrían parecer incompatibles. Anderson mezcla acción trepidante con humor negro, momentos de ternura familiar con ráfagas de violencia seca y discursos incendiarios que rozan la parodia. El resultado es una cinta que nunca permite al espectador sentirse cómodo: cada vez que se ríe, la risa se corta con un disparo; cada vez que aparece un respiro emotivo, llega el recuerdo de que la política es un campo de batalla eterno.

Rodada en formato Vistavision, la película ofrece un espectáculo visual imponente. Los planos panorámicos dan espacio a multitudes, manifestaciones y choques sociales que parecen sacados de los noticiarios más recientes, mientras que los primeros planos se clavan en los rostros sudorosos de quienes viven al límite. El director evita el abuso de efectos digitales: cada persecución y cada explosión se sienten físicas, palpables, con la aspereza de lo real.

La música de Jonny Greenwood subraya la tensión con un estilo que oscila entre lo disonante y lo lírico. En lugar de melodías grandilocuentes, Greenwood ofrece una partitura inquieta, como si la película estuviera siempre al borde del colapso, igual que sus personajes.


Un reparto en estado de gracia

Leonardo DiCaprio carga con la película en un papel que le exige alternar entre la furia revolucionaria y la vulnerabilidad de un padre derrotado. Su Bob Ferguson no es un héroe, sino un hombre roto, y en esa fragilidad reside la fuerza del personaje. Sean Penn, como el Coronel Lockjaw, aporta una presencia imponente: ambiguo, carismático y repulsivo a la vez, es el antagonista perfecto porque nunca se sabe si es un fanático delirante o un cínico pragmático.

El elenco secundario brilla con la misma intensidad. Chase Infiniti, en su primera gran aparición, aporta frescura y una mezcla de rebeldía y ternura. Benicio del Toro y Regina Hall aportan capas de ironía y tragedia, mientras que Teyana Taylor y Wood Harris refuerzan la sensación de que este universo está habitado por personajes tridimensionales, todos arrastrados por la corriente de un conflicto que los supera.


La crítica y el público: desconcierto y fascinación

Desde sus primeras proyecciones, Una batalla tras otra ha dividido pero no ha dejado indiferente. En Sundance y Berlín, algunos críticos la calificaron de excesiva, con un metraje que a ratos se siente abrumador, mientras otros la describieron como la obra más directa y urgente de Anderson en años. Lo cierto es que la película se ha instalado en el centro del debate cultural: ¿es una sátira sobre la América contemporánea? ¿Es una advertencia disfrazada de entretenimiento? ¿O simplemente un reflejo grotesco de un país atrapado en la polarización?

Steven Spielberg, tras verla en una función privada, llegó a compararla con ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick, destacando su valentía para usar la sátira como un arma política. Y aunque la comparación puede parecer arriesgada, hay algo en la forma en que Anderson se atreve a incomodar que conecta con ese espíritu.

El público general, por su parte, ha respondido con entusiasmo. En salas estadounidenses hubo debates posteriores a las funciones, discusiones encendidas en redes sociales y hasta intentos de boicot por parte de grupos que consideran la película “peligrosa”. Ese tipo de polémica, lejos de apagar el interés, ha alimentado la curiosidad y el boca a boca.


Un espejo incómodo de nuestro tiempo

Más allá de la trama, Una batalla tras otra funciona como espejo. Habla de padres y de hijos, de causas perdidas y nuevas generaciones que no quieren repetir los mismos errores. Habla de cómo el extremismo puede devorar tanto a quienes lo combaten como a quienes lo sostienen. Y sobre todo, habla de la eterna condición humana de vivir, como dice el título, de una batalla tras otra: personales, políticas, sociales.

Es, sin duda, una de las películas más ambiciosas del año. Puede incomodar, puede irritar, puede incluso dividir, pero eso es precisamente lo que la convierte en relevante. Anderson ha logrado lo que muchos buscan y pocos consiguen: que el cine vuelva a ser conversación.


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