Un cuento de hadas convertido en pesadilla
En un contexto donde el cine de horror busca constantemente nuevos lenguajes, La hermanastra fea irrumpe como una provocadora relectura del mito de Cenicienta. Lejos de las adaptaciones románticas o fantásticas, esta cinta noruega-polaca se mueve entre el drama psicológico y el horror corporal, con una propuesta visual y narrativa diseñada para incomodar y remover al espectador.
Dirigida por Emilie Blichfeldt, en su debut como cineasta, la película gira en torno a Elvira, una de las hermanastras tradicionalmente catalogadas como “feas”. Aquí, la fealdad no es una cuestión estética, sino una imposición social, un castigo heredado y una etiqueta que define el destino de quien la lleva.
Elvira, la otra cara de la historia
A diferencia de las versiones tradicionales, La hermanastra fea no se interesa por la figura de la dulce Cenicienta, sino por la silenciosa tragedia de quien queda relegada al margen del cuento. Elvira vive a la sombra de su hermana Agnes, cuya belleza ha sido cultivada como una inversión familiar, mientras ella es moldeada como contraste.
Elvira no es una villana, sino una víctima más de un sistema que mide el valor de las mujeres por su apariencia. Presionada por su madre, recurre a métodos extremos para alterar su cuerpo con la esperanza de ganar la mirada del príncipe Julian. Lo que sigue es una espiral de autodestrucción física y emocional que convierte cada intento de “mejora” en una forma más de castigo.
Horror corporal como espejo de la opresión
El género de body horror encuentra aquí un espacio narrativo poderoso. Las escenas de transformación, cirugía, mutilación y maquillaje no están pensadas como mero espectáculo visual, sino como una denuncia visceral contra los estándares de belleza impuestos. El dolor de Elvira no es simbólico: es literal. Y su cuerpo es el campo de batalla donde se libran los conflictos de género, clase y pertenencia.
La estética de la película mezcla lo gótico con lo grotesco, lo teatral con lo íntimo. La dirección de arte utiliza espejos rotos, telas sucias y palacios que se desmoronan como metáfora de la identidad fracturada de la protagonista. La fotografía apuesta por primeros planos incómodos y una iluminación que oscila entre lo onírico y lo clínico, reforzando la sensación de claustrofobia emocional.
Un fenómeno incómodo pero necesario
Pese a no haber sido concebida como una película comercial, La hermanastra fea ha logrado abrirse paso en festivales internacionales como Sundance y Berlín, donde fue aplaudida por su originalidad y valentía. Su crudeza, sin embargo, ha generado divisiones: hay quienes la consideran excesiva en su violencia gráfica, mientras que otros la celebran como una crítica necesaria a los cuentos de hadas y la cultura de la belleza.
La actuación de Lea Myren como Elvira ha sido señalada como uno de los puntos más altos del filme. Su interpretación no busca generar lástima, sino exponer la contradicción de una mujer que se odia por no ser lo que le dijeron que debía ser. Junto a ella, Thea Sofie Loch Næss aporta matices a una Agnes que tampoco es una princesa feliz, sino otra víctima atrapada en el mismo juego.
La versión que no querías ver… pero necesitas
La hermanastra fea no es una película cómoda ni convencional. No hay hadas madrinas, ni bailes felices, ni finales luminosos. Lo que hay es una historia cruda, contada desde el silencio de quienes nunca tuvieron voz en los relatos tradicionales. Elvira no busca salvarse: busca entender qué fue lo que la rompió.
Más que una película de horror, es una carta de despedida al ideal de belleza como salvación. Porque no todas quieren ser princesas. Algunas solo quieren dejar de doler.
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