UE y Mercosur, el tratado comercial más lento

UE y Mercosur: el tratado comercial más lento de la historia Tras un prolongado y sinuoso camino que se extendió por más de un cuarto de siglo, la Unión Europea y el bloque sudamericano del Mercosur han dado un paso decisivo hacia la materialización de la zona de libre comercio más grande del mundo. El Consejo de la Unión Europea respaldó oficialmente, por mayoría, la firma del ambicioso acuerdo de asociación, luego de que los embajadores permanentes de los países comunitarios alcanzaran un consenso político. Este avance cierra un ciclo histórico iniciado simbólicamente en Buenos Aires en 1999, un proceso marcado por sucesivos estancamientos, reactivaciones y complejas negociaciones que finalmente parecen encaminarse hacia su culminación en los próximos días. La firma pendiente sellará un pacto entre dos gigantes económicos separados por más de diez mil kilómetros, pero unidos por una población conjunta de aproximadamente 780 millones de personas y un peso combinado que ronda el 25 por ciento del producto interno bruto mundial. Mercosur, integrado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia, con países asociados como Chile, Colombia, Ecuador, Perú y otros, ha mantenido una relación económica y política sólida con el bloque europeo desde hace décadas. Los vínculos se formalizaron inicialmente en 1995 con la firma en Madrid del Acuerdo Marco Interregional de Cooperación, un instrumento pionero por ser el primero entre dos uniones aduaneras. El objetivo estratégico de aquel primer entendimiento era claro: estrechar los lazos en múltiples dimensiones —política, económica, empresarial, cultural y científica— para, en una fase posterior, avanzar hacia la liberalización plena de los intercambios comerciales, armonizando normas y estándares conforme a los principios de la Organización Mundial del Comercio. Con esa meta en el horizonte, las negociaciones formales para el área de libre comercio comenzaron en la primavera del año 2000, también en Buenos Aires, iniciando una travesía diplomática que incluiría casi treinta rondas negociadoras a lo largo de los años. Las dificultades para alcanzar un consenso fueron formidables desde el principio. Los principales puntos de fricción se centraron tradicionalmente en temas sensibles para ambas partes: el acceso a los mercados agrícolas, la armonización de los estándares medioambientales y las reglas específicas de comercio para diversos sectores industriales. Un hito crucial se logró en junio de 2019, cuando tras veinte años de diálogo, las partes anunciaron un preacuerdo en la capital argentina. Sin embargo, lo que parecía la recta final se convirtió en otro tramo de obstáculos. La ratificación del pacto quedó bloqueada durante años por el veto interno de varios países de la Unión Europea, con Francia e Italia a la cabeza, preocupados por el impacto potencial en sus sectores agropecuarios. No fue sino hasta diciembre de 2024 cuando, en Montevideo, se consiguió superar los últimos escollos y se logró el acuerdo definitivo, aunque aún pendiente de la ratificación formal que ahora se está concretando. La relevancia económica de esta asociación es monumental. La Unión Europea ha sido históricamente el primer socio comercial del Mercosur, con un intercambio de bienes que supera los 100,000 millones de euros anuales según datos de 2024. El nuevo tratado busca eliminar progresivamente la gran mayoría de los aranceles, restricciones y barreras regulatorias que aún persisten, abriendo mercados de un tamaño sin precedentes. Para las empresas europeas, representa acceso preferencial a un bloque de recursos naturales vasto y a un mercado consumidor en crecimiento. Para los países del Mercosur, significa una oportunidad para diversificar sus exportaciones más allá de las materias primas, atrayendo inversión europea en sectores de mayor valor agregado y tecnología. No obstante, el camino hacia la implementación plena aún requerirá que cada uno de los estados miembros de ambos bloques ratifique el acuerdo internamente, un proceso que en algunos casos podría extenderse y presentar sus propios desafíos políticos domésticos. Aun así, el respaldo formal del Consejo de la UE marca un punto de no retorno, transformando una aspiración de décadas en una realidad jurídica y comercial en ciernes, con el potencial de reconfigurar los flujos económicos entre dos continentes.

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